Encontrar
una buena piedra produce una gran satisfacción, pero todavía
no es un Suiseki. Para poder presentarla como tal, tiene que pasar un
mínimo de tiempo, en el cual la piedra nos va a mostrar todo
su carácter y belleza. Y digo esto porque algunas piedras sí
nos revelan todo su potencial al primer golpe de vista, pero, por el
contrario, las obtenidas en estratos requieren un poco más de
paciencia. De todas maneras resulta emocionante, pues la piedra que
tenemos en nuestras manos es toda una incógnita hasta que eliminamos
la costra que la cubre, como veremos en seguida.
|
| Para
realizar esta operación necesitaremos un taladro, al que
incorporaremos un cepillo de acero. Los cepillos de latón
o bronce no son recomendables, pues depositan parte de su metal
y alteran con ello el color natural de la piedra. Por otra parte,
son demasiado blandos. Si se dispone de soporte para el taladro,
será de mucha ayuda. Cuando las piedras no son demasiado
grandes se limpian mejor sujetándolas con las manos y acercándolas
al cepillo con suavidad, pero si la piedra es pesada operaremos
al contrario, acercando el taladro a la piedra y sujetándolo
con firmeza. |
|
Para
operar con este tipo de herramientas es indispensable contar con un
mínimo de protección que garantice nuestra seguridad.
Este modelo de cepillos puede perder algún alambre mientras lo
utilizamos, o proyectar una esquirla o fragmento de la costra que recubre
la piedra.
No debemos trabajar sin unas gafas especiales para la protección
de los ojos. También se pueden utilizar pantallas de las que
cubren todo el rostro a modo de escudo, que evidentemente son más
completas y seguras.
Una mascarilla. Este útil es necesario para impedir que aspiremos
el inevitable polvo que generaremos al cepillar la piedra. Por último,
un par de guantes de cuero o similar. Si el cepillo roza alguna parte
de nuestras manos, la herida puede ser grave y muy dolorosa, además
de tardar mucho tiempo en curarse.
| |
Cuando
nuestra afición se convierte en algo más serio y
el taladro se nos queda pequeño, podemos adaptar un esmeril
a nuestra necesidad. Como se puede ver en la imagen, al eje del
esmeril se le ha adaptado un cabeza de taladro que nos permite
sujetar perfectamente el cepillo. Inmediatamente debajo se puede
ver un embudo construido con un recipiente de suavizante para
lavar, al que se ha conectado la tobera de un aspirador para productos
húmedos. |
Cuando los trabajos
se pueden realizar en el exterior, este sistema no es necesario. Pero
en un interior la polvareda puede ser considerable, y si tenemos la
necesidad de limpiar muchas piedras, una solución así
da buenos resultados. Por si a alguien se le ocurre poner directamente
un cepillo grande al esmeril, aclararé que no es práctico,
pues el esmeril se frena mucho con las piedras y termina por quemarse.
Sin embargo, con un cepillo de unos 10cm de diámetro no tenemos
ese problema, porque al disminuir el radio aumentamos la potencia.
En
esta ocasión, para ilustrar el ejemplo de limpieza, vamos
a utilizar un ejemplar sencillo, en el que se puede adivinar
o intuir que no va a ser espectacular. Como podemos apreciar
en la imagen, la base es prácticamente plana. En su parte
superior derecha se observa una pequeña superficie igualmente
plana. Una vez limpia la piedra, seguramente nos sugerirá
una pequeña meseta.
|
|
Para
generar menos polvo es aconsejable sumergir la piedra en agua durante
unas horas. Dependiendo de la consistencia de la costra puede ser aconsejable
remojar incluso varios días, para una total humectación.
De esta forma, al cepillar la piedra generaremos mucho menos polvo.
| |
Descubrir
el contenido de estos ejemplares resulta una labor un tanto
emocionante. Casi me atrevería a decir que adictiva.
Cuando empezamos a retirar la costra, las formas, que hasta
ese momento habían sido un secreto durante millones de
años, nos empiezan a revelar su belleza. La mayoría
de estos ejemplares nos suelen deparar emocionantes y agradables
sorpresas.
|
En
esta imagen la piedra nos muestra todas sus formas, pero no
toda su belleza. Debemos continuar con la limpieza, pues algunas
grietas requieren un poco más de atención. Para
una limpieza más exhaustiva utilizaremos punzones o destornilladores
planos de tamaño pequeño. También podemos
utilizar mini fresadoras de mano con sus correspondientes mini
cepillos. Al final, un buen lavado con agua terminará
por mostrarnos todo el potencial en lo que a las formas se refiere.
Las
hidrolavadoras a presión son muy prácticas para
esta ultima fase.
|
|
Después
de una generosa limpieza procederemos a dar a la piedra el aspecto final
de vejez o pátina. Para ello nos tenemos que armar de paciencia.
En este aspecto, aunque queramos no podemos tener prisa, pues gran parte
de la pátina sólo se puede conseguir con el paso del tiempo.
Los
puristas en este tema sostienen que, para obtener una pátina
perfecta, el Suiseki ha de envejecer a lo largo de décadas. La
pátina más valorada es la conseguida de forma natural
al tocar o acariciar la piedra a lo largo de muchos años, tantos
que los Suisekis mas valorados son aquéllos que han pasado por
la vida de varios propietarios. Mediante estas "caricias",
con el paso del tiempo se va depositando la grasa de la piel, que va
dando a la superficie de la piedra el tenue brillo que la caracteriza.
Por este sistema también se hace visible toda la intensidad de
color que la piedra posee. Una piedra no se considera de valor por su
antigüedad geológica, sino por su vejez como Suiseki. Como
es de suponer, existen diferentes técnicas para dar a nuestras
piedras la deseada pátina, reduciendo a un par de años
un proceso que, en otras circunstancias, requiere décadas.
Después
de muchos ensayos con diferentes tipos de grasas y aceites, el resultado
más parecido a la pátina natural que he podido obtener
es el conseguido con el aceite de linaza. Este aceite vegetal tiene
la propiedad de crear una película que facilita la posterior
acumulación de nuestra propia grasa epidérmica.
La
aplicación de este producto se hará de la siguiente manera:
Diluiremos el aceite de linaza al 50% con disolvente para esmaltes.
Para impregnar la piedra utilizaremos un pincel y, una vez cubierta
del todo, retiraremos inmediatamente el aceite sobrante con un trapo.
A continuación frotaremos la piedra enérgicamente con
un cepillo, de manera que no quede rastro de aceite en ninguna grieta
o recoveco, a excepción del que haya podido absorber la piedra.
Después de un par de días empezaremos a frotar la piedra
con nuestras manos, y, seguidamente, con un trapo de algodón.
Poco a poco empezará a aparecer la deseada pátina. Los
años, el polvo y nuestros cuidados, terminarán de dar
al Suiseki toda su personalidad.
|